Minne

Catorce días transcurrieron. Tiempo durante el cual se alimentaron de frutos crudos, sacaron más mantas para sus camas, se acostaron antes de que desapareciera la última luz del día, levantándose con la primera.

En la decimoquinta noche, mientras el pueblo aún dormía, una caravana de carruajes que salieron de palacio y del templo, se dirigía hacia el bosque sagrado. Distaba poco más de un kilómetro de las últimas casas de los aldeanos. Al llegar a la entrada, bajaron de los carros, la reina y los sacerdotes. Caminaban hacia Minne, la Fuente. Esta se encontraba en Justomedio, un pequeño rincón que se escondía de los extraños y que sólo los mágicos podían adivinar. Siempre se situaba en el centro del Bosque, aunque este creciese o accidentalmente empequeñeciese. Justomedio se movía hasta aparecer de nuevo en su núcleo.
La Fuente se alzó ante sus ojos. El agua corría entre las rocas y se suicidaba en el estanque. Mil cristalitos que ninguno de los que allí se encontraban, se atrevió a probar. Unos segundos se quedaron absortos y, entonces Lì recibió el bebé de manos de la Señora, acercándose al agua para bañarlo. Aquel diminuto cuerpecillo sonreía bajo las sábanas de la diosa. El sacerdote lo hacía también.

Shú esperaba tranquila, observando todo lo que estaba ocurriendo. Entonces, cuando entre algodones y escalofríos le secaban las últimas lágrimas de Minne, la reina cogió la copa sagrada y vertió unas gotas de su contenido en una cucharilla de plata. Caminó hacia la criatura y se la ofreció. El resto del mosto fue repartido entre los sacerdotes.

En ese mismo instante llegaba el monarca acompañado de Zhong, su gobernador. La reina cogió al pequeño y lo posó sobre la tierra. Rén se dirigió a él y lo alzó. Entonces Lí tocó sus pechos con una fina rama de abedul.
Se fueron los tres hombres hacia Piedramuerta, mientras las mujeres se quedaban ofreciendo a la Fuente frutos y flores. Cuando llegaron a la gran roca, guardadora del alma de todos los reinos, el Señor posó al bebé desnudo sobre ella. En ese momento, descubrieron a la que no habría de ser la heredera de aquel reino.

Se miraron, Lì recogió al bebé y echó a correr Bosque adentro. Cuando regresó volvió a dejar al recién nacido sobre la roca. El heredero había nacido.

Lì se sintió satisfecho.

2 comentarios:

el angel de las mil violetas dijo...

Acabo de llegar a tu blog, saltando desde el de Rafa.

Me pasaré a leerte a menudo, me ha parecido interesante.

Muchos besos.

A nena dijo...

Muchísimas gracias y bienvenida.

Un beso

PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)