Lume

El Bosque comenzó entonces a despertar. Un hilo de luz atravesó las ramas hasta alcanzar un nogal que apenas se erguía un palmo del suelo. La Señora, invitada por la mirada de la otra mujer, se acercó, y muy despacio lo desprendió de la tierra. Lavó sus raíces en el mismo agua que hacía unos minutos había recorrido la ternura del ser cuya alma habría de proteger hasta su eternidad (y eternidad no es demasiado tiempo).

Zhong y Lí juntaron algunas ramas secas y prepararon una hoguera. Lì además preparó una antorcha que envolvió con las sedas que hasta entonces habían vestido a la pequeña, y la acercó a las llamas que comenzaban a aparecer. Miró a Zhong y este recogió el fuego en sus manos y se lo llevó hacia la aldea.

Allí fue encendiendo cada una de las antorchas que aguardaban desde hacía días en los hogares. El nuevo fuego (Lume) nacía después de haber perecido el antiguo. Por último, el gobernador subió la escalinata del templo hasta la terraza que rodeaba la torre y, mirando al este, lanzó con la ayuda de un arco, el fuego hacia el sol.

Amanecía un día de fiesta. El pueblo y sus señores correspondían con cantos y risas, bailes y cuentos sobre todo lo que se les ocurriese, lo sucedido y lo que no, a sus dioses y al destino por el nacimiento del hermoso niño (sí, niño).

Todo una semana, con sus días y sus noches, duraron los festejos, para todos los lugareños menos para los sacerdotes que después de desear las suertes, se retiraron al templo. Estaban cansados y aún debían realizar algunas ofrendas y, lo más importante, suplicar las bendiciones de las gentes del Bosque. Estaban en ello cuando una mujer llamó a la puerta. Era la reina. Sin atreverse a entrar les ofreció una diminuta luna hecha de bronce, probablemente por uno de los enanos; y se fue protegida por la oscuridad y el ruido de la alegría.
"Cuando quieras que te cuenten un cuento, escucha al eco, a la lluvia. Cuando sólo quieras dormir, escúchalos también, pero no me busques a mí, que no tengo qué decir. No puede ser, que no me pueda callar, que se me enreden las palabras, que no me entienda.
Aquelarre que me bendeciste un día, he aprendido desde entonces, a no respirar mientras me mira. Vengo de un infierno que se duele de tener frío, vengo bañada del encanto del ladrón que se pierde en su propia voz.

Despojada del abrazo de la musa. Sumergida en su pasión. Soy. ¿Qué soy?

Aliento sin susurro. Nudo sin cordón. Viento sin murmullo que navega en los senderos que naufragan en los tormentos del Oscuro."

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)