Sueños de metadona

Desconozco otras alas con plumas más suaves, que aquellas que crecen delante de la penumbra, y por eso no se enfrían mis latidos cuando escuchan su propio eco. Ya no sé dormir de otra manera. Vuelo fresco de siempre sobre lechos vacíos, ya no recuerdo otro nacer al día. No se inundan mis noches. Composiciones deshonestas giran en el interminable triángulo. Sonoros amuletos que se revuelven en azmilcles, que se conservan en los cántaros, que guardan el temblor de unos dedos sedientos de algo más que melancolía.
-Vente, búscame entre mis sueños, desvela aquello que temo. Estoy hecha de cemento y de cal, estoy marchita.
Ya nadie espera por mí. Sobre grupos de brisas y barcos encallados navega mi memoria, sobre mi mañana se respira el esqueleto de anteayer. El gato que maulla en mi tejado, no sabe de mis cicatrices. La rata duerme a mis pies, sonríe en mis labios y, se disgusta cuando no la acaricio.
-¡Vente! Quiero verte. Te reto a que me entiendas.
Un ruego de amor no es para morir pero se filtra en el universo de la ansiedad, y, estirpa las alas no compartidas. Pájaros enfermos que se retuercen en busca de alimento. Virtudes invertebradas que encienden los nichos de los embarcados que no pueden salir de puerto. Apáguense si no pueden empujar los maderos.
Tropiezo por la dura eternidad fija que se enfría entre mis piernas, que tiemblan en la curva de la soledad. Dentro de las notas de las sintonías que se cuelgan de los balcones que se balancean entre las ramas de la nada, de lo invisible, no, no me dejes.
Traime la sangre que derramé en la copa del traidor, del vencedor, que me robó mi ser. Diario que se congela en el infinito, pierdes savia y licor, mientras se me escapan los dedos entre los lápices y los besos. Cuántos milagros harían falta para tu reencarnación. Hecha mujer, de mujer.
Botellas se vacían en el estanque, sin oxígeno se liberan los náufragos. Bajo los párpados, se oscurece mi visión, y sin embargo, sonríes. Hacía tiempo que no buscaba lo que ayer. Me había olvidado de las cortesías que deja el espacio. Hacía ya que no cerraba los ojos despierta. Respirando el rocío a medianoche. Justo después del invierno. Detrás de la melancolía. Un momento. Dos. Todos los momentos. Imaginé cristales tras los cristales. Encuentros.
Solo por eso. Solo por verte. Ambicionan los seres, otros seres. Deseo. Mi propio ser. Cuentan cuentos las hormigas. Sobre cigarras. Golpea la tormenta en los tejados. ¿Quién se queja? Corre el vecino a saludarme. Tiembla tu voz. Me oyes.
-No quiero gritar.
Me aburren las canciones. Entre hojas me envuelvo. Me escondo de las montañas que hablan. Silencio. Cállate. No me leas. Se alargan los alambres. Se hacen daño al enredarme. Sé lo que estás pensando.
-No hago más que quejarme. ¿Y tú?
Sentado en un banco, sobre la hierba, enredando el tronco de un sauce. ¿No me invitas a sentirte?
-Al lenguaje lo asesinaría con mi rabia. Quemaría las palabras como a brujas.
Se confirman los helechos cuando trepan a los balcones de las águilas. Hormigas voladoras de sangre. QUE NADA ME CALME. Por encima de los olores. Por el encanto de los fantasmas.
-Agua
La sombra del extraño me evita. Me relata molestos sucesos. Voraces encuentros. Flores. Las lápidas guardan secretos. No más intrigantes que los tuyos. Menos importantes, sin embargo. Son inútiles las verdades universales. Sólo me importan las tuyas. Las mías.
Mármol. Negro fuego. Pálida apariencia. Ceniza para el que nunca encuentra nada. Discurre la nieve sobre la nieve. Bajo el calor frío del papel vacío. Silencio.
Bastiones se dibujan en los cuerpos de los arcos iris que construyen los insectos que nacieron en los estómagos de los seres que caen en los nidos de los relojes. De qué me olvidaría. Qué perdería. Qué me robarían. Las locuras de cada día. Un beso.
Abatido alcohol. Barba del criminal. Labios.
No puedo adivinar lo que piensas y eso me hace sentir ridícula a cada golpe de voz. Es una tópica estupidez. Gotitas de piano acompañan mi estancia en el interior de la boca. En el momento en que hablo suenan, al mismo tiempo, vocecitas que se derraman en el aire. Me asustan.
Jugar a transitar entre aguas dulces y saladas. Empaquetar el universo en conciertos. Dejar sitio para las serpientes. Para las salivas. Silenciar los sentimientos. Sobre todo mientras duele. Sujetar las palabras. Y mentir. Mudar el rostro. Y sobrevivir.
De acuerdo con la sombra de la luna, quizás antes de que amanezca pueda interpretar las miradas que ya no me sorprenden. Aquellas que se vacían antes de llenarse. Las de la tercera persona. Aquellas que se vacían antes de llenarse, las de la tercera persona. Aquella que no se acerca. Que nunca posaran en tus manos. Que se diluyen en las tazas de vino que adornan las repisas. Que se duerma el instinto. Que se enfríe la impaciencia de las razones por las que disfrutar de una buena depresión.
El letargo. La traición de los cobardes. Lejos de la salvaje rendición. Se engordan las tripas de la fantasía. Solo para ellas mismas. Por ellas mismas.
AMADA TIERRA, inúndame con tu rocío. Al menos mientras duermo. Para despertar con la sensación de haber sido bendecida por la mayor de las suertes. Ángeles escupiendo obscenas sonrisas. Coordenadas que se cruzan en el infinito. Volviendo la mirada hacia lo que nunca sucedió. Negándole libertad al impulso.
En el ánimo, la creación de las rutinas. Desgaste gratuito. Le dedico mi luto al vencido. Y mi sonrisa. Acordonados quedan los delitos. Las tonterías. Burladas las indiferencias. No te rías. Aunque te entren las ganas. La espesura de las metáforas, no debilita las sensaciones. No las mías. Ni las tuyas.
-¿Y si fuera borrando las huellas?
¿Se daría cuenta el destino? ¿Me importaría? Tal vez un poquito. Silvan lágrimas entre pensamiento y pensamiento. Incrédula imaginación, que no se embarca en invenciones propias ni ajenas. Después del encantamiento aún susurran las membranas de los latidos.
-Disculpa que me haya perdido. ¿Podrías repetir lo que has dicho?
Mirarte. Descoser cada uno de mis órganos. Abrirme. Regresar la mirada. Devolver secretos. Cubrirme. Y mirarte de nuevo, pero esta vez desde dentro, para mi interior.
Sortear los enjambres, para no pertenecer. Para perder identidad. Ganar lo que está detrás. Más allá. Mucho más lejos. O no ganar nada. Sentarse en los escalones que sacrifican acciones, que derriten intenciones. Salvaguardarse de la perezosa pobreza de tesoros inventados para mejor llevarse a sí misma. Todo. Por todo. O por nada. Que es lo mismo.
Dejarse inundar de algodones reales o imaginarios. Sentirse dormida, soñada y amar al fin sin alba. Amor.
Comprarle un par de micras a las babas del diablo. ¡Amor visible!

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)