Bob

-Bob de bobalicón
-¡Venga ya! ¡No me llames así!
-Bob
-¿Qué?
-¿Sabes dónde está Frey?
-No, supongo que habrá bajado a la aldea
-
Ser
-¿Qué?
-¿Minne me prestaría un poco de arenilla?
-Díselo antes de cogerla, por lo que pueda pasar

En Justomedio hace algo de frío en esta época del año, y a Bob no le molesta demasiado. Sin embargo a Layla se le endurece la piel tanto que apenas puede sentir las caricias de su esposo. Así que en este tiempo, prefiere quedarse en casa, mientras Bob sale de compras o a recolectar. Son dos conrados a los que no les importa no ver a sus vecinos en meses. No regalan las conversaciones, ni se pierden en paseos.
Es por otoño, cuando el bosque se viste de repente de primavera. Las hojas secas inundan los caminos, las fuentes derriten el hielo. Huele a setas, a musgo, a madera. Huele a los pechos del topo y de la lombriz, a los sueños del búho, a las lágrimas del lobo. Huele a raíz.
-(Ha vuelto el otoño, mi otoño)
Se han ruborizado para mí los tejidos del pantalón, son grises lo estampados... Y mis guantes, acarician sus fuertes piernas, su tez, remueven sus tripas, arrancan sus arterias y, entierran las uñas con la rabia del escorpión.
Allí bajo las raíces y en la médula del aire, allí donde sueño con la Madre para que me haga más tierna, más joven, más dulce. Para que impida que en mi boca sangren palabras. Allí se pudren los nidos vacíos, mientras chapotean las mujeres y los hombres bajo las sombras.
Se recrea el vino sobre la herida, se infectan los nudos de la rutina, se apaga el fuego del cielo sin algodón. ¡No me grites, mientras te sonrío! ¡No enmudezcas cuando callo! Y siguen los hombres cargando el sudor del día, y danzan las campanas a muerto. Y siguen las mujeres rezando al licor, maldiciendo... Y desde el silencio, en silencio, se comprende la verdad de las cosas equivocadas.
Cuentan los vientos a la tormenta que los ángeles ya no recitan poemas, que ahora prefieren emborronar las laderas, con las savias de la música llorada por los gitanos que despiertan con los caballos salvajes. Mira la hembra a la tierra y enfadada, escupe impresiones de fatalidad que iluminan los latidos. Vuelan trovadores detrás de las lucecitas nocturnas, se envenenan de su locura, y la vomitan.
-¿Traes la arenilla?
-Mañana se la pido a Minne
-Vaya
-Cariño, mañana te lo prometo. Te he traído madroños
Seria la hembra, se desnuda ante le pequeño. Le presta un pecho, y se vuelve madre. El nadador de níquel que acecha la onda más fina. Quiere robarle su presa, erotizar sus anhelos, hasta no reconocerlos, y entonces, hambriento, beber y tragar, tragar y beber.
-Están demasiado maduros
-Entonces hay que comerlos esta noche
-Nos van a sentar mal
-O muy bien, ¿no te apetece, cariño?
Sonríe con tristeza.
El correo del comandante no llega ante la guardia que vigila la muralla. Se ha encontrado con la mujer, que celosa, no quiere salvarse. Vocablos salen de los uniformes que comprendo y me enfadan, alabanzas se ensucian en la misma intención. Enferman los manicomios, se indisponen las legiones y, por la fiebre de cada militar, otro militar.
-¿Prefieres que los meta en el asado o los tomamos crudos?
-Todo
-Jaja
-Metemos estos en el horno, y los otros los dejamos para el té
No interrumpas al coro que ensaya junto al altar, pues se retuerce excitado en su propia vanidad. Cállate, calma tu fiereza, que no araña la arena que se enreda en las rocas. Y el rebaño de vacas nocturnas con rojas patitas de mujer, no huye aunque le sueltes tu alma, aunque desencadenes tus venas. Porque solo posees la rabiosa desidia del herido que se condena mientras silban las monedas en la lengua del cortador de cesped. Los sentidos se derriten en la tortilla, se fríen los ojos en la salsa de aguacate. Vente, por su sonrisa, ¡vente! No finjas que no me ves, no lo hagas.
-Umm, ¡qué rico!
-Bobo
-Bob, cariño -molesto
-Jaja, ¿y cómo va ese té?
-Es pronto
Acércate a los nenúfares y mírate en ellos. Qué infortunios se imponen en la historia de mis horas que impide que se lamenten las interpretaciones de mis pasados. Cuáles son las fortunas que invaden mis segundos y al rato, olvido. Yo no podré quejarme si no encontré lo que buscaba.
-¿Pongo este mantel?
-El azul
Se evapora el aroma del beso, que se desinfla en el sello del recuerdo. Pero iré al primer paisaje de humedades y latidos para serenar a mi soledad. A la frialdad sonora del que no llora compañía por no perderse a sí mismo, en el instante en que las cuerdas deshacen su nudo.
-Estoy muerto, me ha dado sueño
-Pues a mí no -con sonrisa picarona
-¡Qué sí, qué sí! ¡qué hoy te voy a abrazar fuerte!
Tal vez las orillas se olviden un día de chupar las espumas que el océano saliva sobre la piel del acantilado. Si eso ocurriese no quiero estar junto a su consuelo. Quisiera ser enterrada en la arena, ser el pozo que se tragase las mareas, guardarlas y multiplicarlas y devolverlas como el fuego de un volcán.
-Layla
-¿Sí?
-¿Nos damos un baño?
Para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría, habrá que burlar al comendador que vigila los cadáveres de los que luchan a las órdenes de los demás. Hierve el café en la taza de cristal, mientras escucho mirando a la losa: "Cuando yo vuele mezclado en las arenas, no estaré abrazado a ti".
-Bob
-¿Sí?
-Te he querido siempre

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)