Enjambres de azúcar y sal

No se oyen los pies del mendigo, ni el mugido del árbol asesinado por la oruga. No se ven las siluetas de las sombras, ni las alas del viento, cuando gritan las gentes en las aceras, cuando salen a las ventanas para sorprender a las voces, para insultarlas. No sonríen los chocolates.
Encarnados encajes se sulfuran con las algas que les obsequian la áncoras que ofrecen a Casiopea. No susurres niña, que tus aceites saben a almibar pero tu voz condena. No repliques muchacha, pues tus serenos cantos no silencian las rabias de la cena. Qué comercias. ¿Virtudes?
Posees dos secos pechos, dos ojos que deliran con el hielo del infierno. Ladino rubor que serpea anhelando las nueces que se ocultan de las grosellas. Qué me vendes. Vete.
Allí todas las formas se cruzan entrelazadas, ánforas vacías de pueblo. Aquí ninguna mujer se enoja ante la expresión muda de la duda. Pudores son rencores de la lava y de la roca. No se mueren, no se duermen. Y mientras comulgan los caimanes, van los sapos a lavar sus lenguas en la madriguera.
Que no regresen. Que se vayan. Vente que han perdido una batalla. Fósforos se encienden entre mis dedos, chispas se apagan en mis manos, puños infantiles, congojas que exasperan al perdón del absuelto con castigo. Se aburren los verdugos, se han humedecido las cuerdas, han envejecido los yugos y las piernas ya no se levantan del suelo. Ya no hay, una sola expresión frenética de avance. Ya no se llenan los locos de sangre. Ya no respiran alcohol los mendigos.
Se enredan los cielos y el suelo, se enfrentan el soldado y el soldado. El cucharón se disuelve en la sopa y, el armador no tiene cazadores. Disparan sublimes mareas sobre las playas que ya desnudó la tormenta. Ruedan las débiles piedras, se envuelven de nocturnidad. Ya no flotan las raíces del paredón. Ya no hay edad. Ya no recuerdan al vidente sollozando ante la muerte. Porque no hay nada, nada importa.
El aborigen aborrece la camisa plateada que calza el macho del alba; y yo, suplico que me busque en los subterráneos y me devuelva la luz que el gusano te robó. No puedes avanzar por los enjambres de corolas, te sorprenderían los aromas homicidas y, yo no podría seguirte.
Mi ciego rey, vente y, luego, vete. Anhelo un hueco en tu siesta, y mientras desciendo al comedor, y las encinas revolotean en las sillas, y tropiezan los panes con tu salsa; quisiera coronar mi corazón con tu anillo, bailar con tus pies descalzos, sonrosar el vello de tus menlacolías.
Conatos de anciana por respirar como en mayo, tareas de velero frente al viento. Acecha el esclavo, tesoro robado al templo. Se derriten moras en el plato, se queman moscan en la ceniza, se adiestran cirios. Bechamel que amela belfos. Senderos de leche que pincela la soledad y que borra el pudor de ansiedad ennoblecido.
Porque el aires disuelve tus dientes de azúcar y se empapa tu lengua de sal. Barbiquí mediocre que enamora la piel del encadenado, pellejos que se quiebran bajo la lámpara. Sombreros que se despegan del café arrojado en el letargo del ácrata saciado de vulgaridad.
Porque asfixiadas las horas se revuelven en la trágica ironía del segundo en desembarcar. Llora la sietemesina sobre la silla de alquitrán. sse diluye en las paredes de cristal. Arrodillada, dando golpes de escoba al aire. Mirándola. Cerrando mis poros para no acompañarla. Estoy cansada. Hace frío. Está hermosa. Es.
Colorea sus pétalos con la clorofila de miles de cristalitos dormidos en la luz, de miles de cristalitos muertos bajo el sol. Ni puedes acariciar la fugaz hoja del helecho, ni dormir al dolor del fuego de la chimenea. Acordonados está tus lápices en la espesura del eclipse. Perdidas tus angustias en las horas del desayuno. Se enfrían tus quehaceres en los huecos del estómago del dragón. Escupen para mí las larvas del sueño. Sola en mi almohada, detrás del camisón. Se mueren todos... sin haber llegado a nacer.
Hoy dibujé a alguien mirándome, me descubría mi palidez y, entonces, lo borré. El carbón arde entre mis dedos, suda mi piel y nada se quema. Estiro mis manos en la dirección del infinito pero, mis pies no dejan de sentarse. Se burlan de mí, el corazón, el alma, el cerebro.
Buscan el lecho y me dejan vivir sin sentir el asombro definitivo del marfil. Vete hasta que mi piel escriba todas las heridas. No regreses entonces. Hasta que las olvides no te quedes.
-Hoy no has tenido prisa por llegar
-Jaja
-¿Has visto a Mara?
-Como lo sabes
-Nordina es lista
-Jaja
-¿Mañana nos acompañarás?
-Sabeis que sí
-Eres tan adorable, pena que no pueda amarte
-Pena
-No te burles
-No lo hago, eres hermosa, pero eres Voz
-Y ella, el espíritu de una niña de tres años

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)