Alkaian





Entre los siglos octavo y noveno de una antigua era, un pueblecito al norte del que por entonces era el Reino geonés, respiraba en la fantasía de cualquier viajero de antaño.

Llenos están los cántaros en el lugar que se dibuja en mi memoria, Alkaian... Mojada por un rocío del final del mundo, brillante como la corona de Rén, señor de los pastos, nace a la vista de extranjeros. Y suave como los sonidos que despiertan a sus habitantes, sacerdotisas y monarcas.

Estoy hablando de las armonías que llegan del Bosque, de los campos, del agua... Y aunque esta tierra se esconde a curiosos como lo hacen los diosecillos, uno, al que vi una vez hace muchos años, me contó muchas de sus historias, siendo esta una de ellas pero, con seguridad, no la más hermosa...

"No siempre lejos de los lugareños y de las lugareñas se sentía el aliento de los animales salvajes. Algunos de ellos bajaban del Bosque donde –nadie del pueblo lo dudaba-, vivían otras gentes. Gentes extrañas, invisibles, encantadas. Pero no por ello pienses que estaban asustados.

Los hombres y mujeres de aquel pequeño país sabían que compartir el cielo y el suelo era, en muchas ocasiones, una bendición. Tanto era así que las pocas personas que conseguían verlos en alguna ocasión consideraban que la buena suerte les perseguiría durante algún tiempo, y eran envidiados.

Un caso especial era el de las sacerdotisas, que hacían de mensajeras entre ambos mundos y a las que aquel pueblo les confiaba en muchas ocasiones su destino.


Esta historia que voy a narrarte comienza hace algo más de un milenio en una noche en la que se produjo un extraordinario eclipse de luna que oscureció más aún la noche de aquel lugar. Renovándose entonces el pacto que había hecho un antepasado de Rén, por el cual el Bosque y la aldea quedaban comprometidos a socorrerse mutuamente.

Lo más fantástico de aquella noche era, sin embargo, que en aquellos momentos la reina Shú estaba dando a luz. Así ocurría que mientras el pueblo y el rey vivían temerosos el sueño del astro y hacían lo posible por despertarlo -se dedicaban a tocar deliciosas (y ruidosas) melodías que surgían de fagots, zanfonas y ocarinas; la reina suspiraba una nueva vida.

Ambos despertaron al mismo tiempo, la dulce luna y el pequeño.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)