Inánime, la piel de mi espíritu te mira,

enferma cela sus anhelos, cela los tuyos
y avergonzada en tu cama, sueña dolida
que son ciegos tus ojos mudos,
que son muertos por el alma mía.
Cuando quiero envolverte, en sueños me zambullo,
en suspiros que sangran duelos de amatista
para amelar en tus niñas. Y yo soy la que huyo
cuando te dibujo invisible en celosías,
que embargan tus caricias. Untos
que amargan rancios, la cecina
de las cenizas del corazón. Umbrío embudo
que lagrimea licores y vinos, que suspira
quimeras que se pierden en el oscuro hueco, oculto
en plena luz y que se sueñan en fantasías
de mágicas madreperlas. Bordados perpetuos,
cursis duelos. Adorable es su hipocresía,
más humillantes son los harapos, cuando caducos.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)