I love you, baby

Caigo en la cuenta de que se me olvidó preguntarle a Juana si me había traído el penth. Presupongo que sí y me deshago de Manuel -aún huele al vino de la cena. En la repisa del armario se pierden las últimas notas del padre de la niña. A ella no le gusta que le hable de él: Soy consciente, mi rencor no tiene conciencia.

Al cura de San Lorenzo le gusta vernos a las dos. Una junto a la otra, paseando entre los castaños del Campus. Se parece tanto a mí y lo aborrezco: Sobre todo cuando tengo problemas para respirar porque me siento vieja.
Detrás del abrigo de la pequeña, están los paraguas que la abuela trajo de no sé qué viaje. El mío es negro, el de ella, verde. Hoy se queda con la nieta.



¿Qué tal? Bien. Hace tiempo que no nos vemos. ¿Un ron? No, no, ya tengo -enseñando la copa-. Trabajo, ya sabes. Ya. Bueno, y que ya no apetece tanto. Ah. A tí sin embargo, se te nota que te apetece siempre, aunque sea de cualquier manera.


Sexo desenlatado. Dame un minuto. No tengo tanto. Eres preciosa. (A veces, me lo creo.) Perdona. ¿Sí? ¿Sí? ¿Qué ocurre mamá? ¿La niña? ¿Qué le pasa? Vale, vale, voy. ¿Te llevo? No. Pero,... No, no es nada. No me importa, de verdad.


Detrás de mí, mi mañana. Lo siento. ¿Tiene fiebre? Una poca. Bueno. Voy con vosotras. No. Pero... No, te llamo.


Corta mi tiempo, el tuyo. Me desespero, en esta sala del PAC hay demasiada luz. Aún con la humedad en el centro de mis caderas, me revuelvo intentando despegarme de mí misma. La fiebre le está bajando. Seguramente no es nada.


¿Sí? No, está mejor. Me dicen que ya me la puedo llevar. No, gracias. ¿Mamá? Sí, aún estamos aquí. Nos iremos en diez minutos. No, ya está mejor. Sí, le cortaron la fiebre.


El cura de San Lorenzo duerme, me pregunto qué pensaría si nos viese bajar a estas horas del coche. La niña pesa. Está dormida, pero pesa.


¿Sí? No, gracias, estamos en casa. ¿Qué? ¿La copa? Otro día. No, no haces falta. Bueno, vale. Ven.


Entre los dedos se enfría mi centro neurálgico. Se encuentran mis inquietudes con mis insatisfacciones. ¿Mamá? (¡Mierda!) No hacía falta que vinieras... ¿Cómo está la niña? Bien, ya te lo dije. ¿Dónde? En su cuarto.


Riiing. ¿Quién es? Nadie, mamá.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)