Idilio


Desde hace un tiempo, me he convertido en una gran catadora. No, no se trata de vinos ni de aceites, me he especializado en evaluar el nivel de maldición sufrido por todos aquellos juguetes rotos que observo a mi alrededor.

Nunca me ha molestado escuchar a los demás, ni siquiera las tontás que María se repite a sí misma, teniéndome a mí como testigo. He sentido una impulsiva curiosidad por su intimidad y me he perdido en juicios de valor, bastante poco imparciales. Pero desde hace unos meses me sorprendo haciendo apuestas sobre el prójimo acerca del futuro, el presente o el pasado del que proviene. Incluso, recreando la vida inventada que relata acompañado de una copa o detrás del mostrador de la zapatería.

Me explico, la lectura es rápida, cuatro sentidos: Le miro, le huelo, le toco (a veces) y finalmente, le escucho. Podría decirte que hago lo mismo que un fontanero cuando llega a una casa para reparar una fuga (intermitente) que acompaña al hogar desde hace años, pero que es hoy cuando molesta.

Y entre todos ellos hay una especie de juguetes rotos que me entusiasman especialmente. Elena, que no se llama Elena, y Pablo, que tampoco se llama Pablo, son dos de esos especímenes.

Elena no es el juguete roto, es la madre que lo rompe, que le dice a su hijo delante de sus amigas, que es un traste, un problema. Mientras se pasa el día fuera de casa, coqueteando con los cactus y compitiendo consigo misma. Cuando está, grita con Juan, que ya sabeis que no es Juan, delante del juguete roto que se reafirma como el problema al que han bautizado las frustraciones de al menos, dos adultos.

Pablo es el otro juguete roto, al que su padre pagó el ingreso en una clínica. Que lleva cuatro años medicándose, sin que nadie lo sepa, salvo el psiquiatra al que le pagan católicamente todos los trimestres.

-¿En qué piensas? -dándose la vuelta
-En que me apetece besarte, pero me da pereza...
-Buenas noches, amor-besándola
-Hasta mañana, Gerardo

No quieren, pero las palabras se escapan entre rendijas de brotes (psicóticos) y alcohol.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)