Lovecraft persiguiendo a Poe

-¿Estás segura?
-No

La habitación es una elipse envuelta de madera a modo de sauna. Las tablillas del suelo separadas entre sí, dejan ver el movimiento del agua, dando una sensación de frío y humedad. Deberá intentar dormir, aunque no invita a ello, pero es imprescindible para ganarse la confianza del que la espera. hubiera elegido la noche más tormentosa en medio del bosque a este lugar, pero no estuvo en su mano.
-Mañana temprano, nos vemos
-No tengas prisa
Bobada. ¿Cómo habría de creerse tal seguridad en un lugar tan extraño? En cuanto se queda sola piensa en el terror de acostarse en el suelo. Revisa las paredes, sólo madera, ni una mísera telaraña. Se arrodilla y comieza a curiosear lo poco que puede ver del agua entre los maderos, se atreve incluso a meter una mano, y luego, las dos. Ni caliente, ni fría. La prueba. Insípida y curiosamente, no corta la sed, pero tampoco la aumenta. Espera que no le venga el hambre y ninguna otra necesidad. Se sienta apoyada a la pared, intenta relajarse. Busca las irregularidades, no las hay, busca lo contrario, se aburre. Le entra el sueño.
No hace frío, ni calor pero la ropa sobra. No se dá cuenta de cómo va dejándose llevar. Los tablones, el agua, las paredes... Completamente cercada. ¿Y la luz? No hay ventanas, no se dibuja puerta, no ve lámpara ninguna. Sin embargo, hay luz. Una luz que la envuelve y la tranquiliza.
Está ya dormida cuando debajo, una especie de babosa oscura bucea dando vueltas. De repente, se divide en miles de ramas-brazos que se cuelan entre los maderos hasta envolver a la sacerdotisa. Completamente, como si de una crisálida negra se tratase. Ambos animales descansaron así. Uno envuelto en el otro. Exactamente no podría decir cuánto tiempo pasó, cuando de repente, se convirtieron en uno y se fueron desenvolviendo para volver al agua.
Luna, anciana señora, espejo de cielo. Duna celosa, abandonada dentro del abrevadero, hogaño, inquieto aleteo, que de tiempo no sabe, cuando de amar al hada se trata. Abominable abrazo es el alba, cuando se abre la mañana, pero mientras anochece, tiembla -¡ay!- ternura del amante que perece en holocausto de cuna, morfeo a su hermosura.
Lí despertó en una de las orillas de Alkaian. Era pleno día y se dispuso a regresar a su casa, al menos para vestirse, pero en lugar de eso el camino le llevó hacia Capreol.
-¿Podrías dejarme algo?
-Jaja -observándola sorprendido- Creo que no, eso supondría dejarte mi piel, y hoy no querría morir
-Pero
-Jaja...
-Pero, ¿tienes frío?
-No
Mi corazón siente una mano en mi vestido, unos labios en mi mejilla, su carne en mi destino... Todo él se ahoga en mi alma que se desgarra en el mar Miedo, en el miedo del día tras la noche, de la pesadilla tras el dulce sentimiento. Esta mañana que nos cubre, cuando nosotros no queremos ver. Más allá, amigo mío, ¿no te das cuenta?, ya no, no es tan misteriosa. ¡Ay! El miedo, mi miedo. Abrázame, amigo mío, aprieta los puños, esconde el alma. ¡Mírame! ¿Qué es lo que hacemos? Duerme en mi hombro, sueña en mis manos... Detente en mis silencios -habita en mí-, vuela conmigo, y descansa.
-¿De dónde vienes?
-Pues, la verdad, no lo sé. Pero me gustaría llegar a mi casa y poder vestirme
-Y, ¿dónde está?
-En Alkaian, antes de llegar al cementerio, junto a los cuatro Corrales.
-Conozco Alkaian, de hecho, allí conocí a Lena, una mujer encantadora. Pero esto que ves es la tierra de Antela, bastante más al sur.
-¿Cómo? ¿Y qué hago?
-Si quieres, de todos modos, te acompaño a la casa del leñador, igual allí puedes encontrar algo de ropa. Sería un comienzo.
Sorprendida sigue al corzo hacia el interior del bosque. Hay una línea que dibuja el infinito, hay un sinuoso camino, llega al infierno, es la senda de la oscura faz del astro. Trasto que tiembla entre celosos dedos, trampas cosquillean en las aguas invisibles de Trasimeno, que flotan nunca torpes, entre sales. Pañuelo de los sudores del guerrero que rasga con sus dientes la misma línea que en la colina borda el suave sendero. Cordel que ata caricias de lóbulos. Suspiros pintados con las babas de tu ternura. Hielo que acuchilla, el agujero del pateta, al alma indecente. Tétrico texto que delinea nubes de tormenta en el grito ahogado de tus parpadeos.
-Y para llevarme a Alkaian
-No te preocupes. Espera a la noche, llegará el hombre de la cabaña. Él te dirá.
Bordea la orilla, la serpiente aún no derrotada, vigila el revés de las plumas de la alondra. Se arrastra triunfante con la seguridad que le ofrece la tierra. Se acerca, te señala su vieja piel. Se va, te muestra su nueva sed. Sólo calla su silencioso verbo cuando ya no la ves.
-Continúa el sendero, unos doscientos metros.
-Gracias
-Saluda a Lena de parte de Capreol. Dile que algún día volveré a visitarla.
-Lo haré, muchísimas gracias
Después de unos pocos metros, más de doscientos, va a dar con algo que simula ser un hogar. Entra, rebusca y encuentra unos pantalones y un jersey que pueden valer, lo peor, los zapatos, se decide por unas botas que con un par de calcetines y ajustando los cordones, al menos no le caerán al caminar. Luego, comienza a prepararse algo con lo que hay, y después de comer, decide tumbarse un rato mientras espera. Se despierta en plena noche. Se asusta cuando descubre la espalda de un viejo corpulento sentado en la cama dispuesto a acostarse.
-Buenas
-Hola, lo siento
-¡Qué va! Es una agradable sorpresa que alguien te visite. Por cierto, el caldo estaba muy bueno.
Salta de la cama y lo observa. Curiosamente, tiene un cierto parecido a Frey. Sonríe como un niño soñador, aunque su trabajo y su edad parecen provocar otra cosa. Le contesta la mirada, al mismo tiempo que le acerca su mano al hombro. La soledad, el pantano. Su agua, espíritu sereno. Su alma, fango. ¡Anhelo de nenúfares! Yo, mi soledad. Tú, tú. Yo. Nadie. Tú, mi soledad. ¡Anhelo de nenúfares! Ya no quedan en el lago ranas, ya no hay pozo sin lodo, ya no cosquillean mis entrañas.
-Tengo algo de frío
-Vente
Distraída la pasión de inventar sentimientos, se me hacen pequeños los días. Qué ocurriría si un día tratase de robárselos al amanecer de los que están aún despiertos. Tal vez, agotadas las reflexiones, no sienta deseos de faltar a la intimidad. Sin embargo, quién no llora de vez en cuando para beber su propia saliva. No intenta derretir el azúcar de una palabra encantada.
-Tengo algo de frío
-Acércate
Érase una vez el Tiempo serrando el alma del Diablo, astillas iban cayendo, llenaban los colchones de barro. Llora la edad arrugada, inválida y humillada. Lloro porque soy viejo y, me siento muerto. Lloras porque eres vieja y, estás muerta. Malarrabias, tesoros oníricos que solo, busco en el letargo del amor amargo. Pletóricos esperan los arrequives, sestean mientras condenados lloran al amado. Me lloran me aborrecen. ¿Me lloran? ¿Me aborrecen? Cobarde, abigarrado. Confuso, lacerado.
-¿Tienes frío?
-No (lo siento, estoy helada)
Cabizbajo imploro: ¡Ay! ¡Qué adore mis paseos a su lado -en la sombra-, mis suspiros, dalias que susurran cálidos vientos, ácidos pensamientos, pétalos que amamantan almohadones señeros.
Ovillo de azabache en el que brillan minúsculas y dulces lágrimas. Purpúreas lentes que su faz miman de cariños serpentinos en goloso hábitat. Paseos atroces de casquivanas vaselinas que aturden mis desiertos pensamientos en el sombrear del arrebolado día. Revoltijo de pasiones de ciego sueño, insolentes sensaciones de viejo adolescente. Desarropado por tus ojos entre el gentío, desalentado por un corazón que no es mío. Lamentable sazón sumida en líbido imberbe. Yertas púas que juegan con mi dermis inerte lacerando mi neurasténico bazo, habiendo hurtado la viveza del abrigo de los mimosos algodones. Enemigos orines de esencias intangibles, despreciables espadas, invencibles hijas del invisible infierno helado que acezan entre tú y yo, a mi lado lamiendo versos de sal y miel, lágrimas de tu piel.
-Mi niña
-Mi viejo
Muertas las estrellas, yertas y escondidas bajo las cortinas, su mirada pasean. Castañas de sombrías gracias perdidas. Prismas que veneran, tras la galantería, versos de otra poesía. Arrogante pelea de la castidad cautiva. Cautivada cortesía de lujuria que cede a invisibles dedos del honor que no poseo.
-Señora
-Padre
Dulce se pasea el tiempo por tu piel. Se enreda en tu sonrisa, se encoge en tu espalda. Dulce duele la miel que se desprende en tu mirada. Se hace interminable el pasado, demasiado pronto llega la mañana. Agárrame ahora, enciérrame de presente. La realidad me ahoga sin un poco de inercia, sin una exhalación de vacío. Dulce duele el tiempo, que se deja escapar.
-(Más que desearte, te quiero)
Hay razones que solo aquellos hombres entienden. Porque no dejan que las amen, que no dejen que las lloren. Sentado en su jardín, durmiendo a los pensamientos, despertando (soñando) a ella. Es la sangre del sentimiento, una sangre tan espesa que duele. Insegura estoy en tu regazo, con temor, busco tus ojos, no los veo, y si al besarte tiemblo, no es solo deseo, también es miedo:
Por morderte el alma,
acariciarte el cuerpo.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)