Un poco más allá, mi ataúd

Colocados al lado del altar, están los coroneles. Gobernando el mundo. Ordenan a Virgilio dé muerte a Julieta. Secas están las fuentes de la sensatez. No maravillan ya los milagros del nacer y del morir. ¡Soldado, mata! Imploran los vencidos.

No hay mejor condición que la del mártir en la pacífica guerra de los idealistas. Honrados maestros de la castidad, de la pureza más inmaculada. Del absolutismo más absoluto. Enérgicos defensores de la esclavitud a sí mismos. A un padre desconocido. Bohemios encuentros con el antes de ayer. Revoluciones resucitadas, ironías señeras.

Pero, ¿qué hago? La poesía no es para esto. Es para silvarle al amor, amor. Es para eternecer a la sobrina del vecino de abajo. ¡Niño, no me interrumpas, qué estoy hablando!

Sabedores como somos de lo justo y de lo injusto. Conocedores de la frialdad del infierno. Temerosos de las mil y una noches del cementerio. Repetimos nuestras oraciones, no demasiado humildes, sobre la inquietud del futuro, y nos decimos:

-Cuán grande es el hombre, y la mujer, por supuesto,
y cuán grande, la naturaleza, y cuán grandes, los deseos.

Basta con eliminar al sepulturero, o mejor, con pagarle nosotros su entierro. Volcán azul. Duna rosada de lava. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, parpadea. Que se asusten los verdugos, que se encierren en sus celdas. Duermen en los lechos de los helechos, las barcazas de los no-marineros. Sudores salados de la calma. Suenan ronquidos. ¿Una dama? Jaque. ¿Qué dónde estoy?

Justo en todas partes. En ninguna.
Ha dejado de llover. Dentro, no fuera. Se han impregnado las pieles del terror de las estrellas. Doloridas se han sujetado a las olas del hielo. ¿Te encuentras bien? Espera, ahora te ayudo. ¿Tienes frío? ¿Un abanico? Sonríes. Poesía.
No puedo, no sé, no quiero. Melodías, suspiros de territorio. Fronteras entre la tierra y el agua, entre las tierras. Visibles líneas del mapa, aduanas entre tú y yo. Dioses. Hombres. Madres.
Debería describir tu mirada. Fotografiar tus manos. Esculpir tus pies. ¿Para qué? Eso no es para la poesía... para su poesía. Corriendo detrás del avestruz, delante del alce. Extranjero, ¿me extrañas?
Alma del diablo. Huecos del tiempo ahorrado en dinero. Pecados. No me chilles. No me quieres, lo sé. Rencores heredados, por razones olvidadadas. Saludos al mañana, mordiscos. Fracasos. No me encuentres. No me sueñas, lo sé. Nueve meses antes, nació para no morir, el invierno que la humanidad. Y al final, del final, el principio.
Vengar las venganzas. Al Estado. Sacralizar las palabras escritas. Prohibir lo contrario. ¿Lo contrario? ¿A qué? Simplemente lo contrario. ¿Me entiendes? Supongo que no.
-Hola
-Hola
-¿Qué tal?
-Ya ves, joven y sin embargo, muerto
-Veo que no has perdido el humor
-Y tú, la dureza de tus pechos
-Soy tu madre
-Jaja
Hacerlo todo al mismo tiempo. Espabilar con el fracaso. Ganarlo todo en un suspiro. Se puede saber qué cosas me despiertan. Estoy buscándome. Estoy perdiendo el tiempo. Perezosos pensamientos que embaucan al mejor soldado. Sintonías extranjeras que responden al temor. Si me atrapas regresaré contigo. Pero después, debes amarme. ¿No? Vete
Tierras amargas de azúcar y limón. Aguas de cordura. Alimentos de almidón. ¿Qué pasó que no te respiro? Juegos serios de hombres serios. Guerras serias. No vales más que un trozo de tierra, más pequeño que tu sepultura. Si vuelves a nacer y no te acuerdas de lo que ocurrió: Bienvenido. Bienvenida.
Seguro de retorcer la cabeza al sabor de los encuentros que nos separan. Vacuos los sistemas de organización de las nacionalidades. Servidumbres creadas en el crepúsculo de la era de todas las eras. Fatalidades ilegítimas del poderoso dios de todos los dioses. Reinvenciones que se dejan sentir delante de nuestros pasos. Luces que se encienden, alambres que se enganchan a tu camiseta.
No me obligues a gritar. No lo hagas, que si lo hago no quedará de ti y de mí vanidad que perdone nuestra deslealtad. Íntegros se revuelven los saludos entre los camaradas. No te imagino saludando al general y golpeando al mismo tiempo el alma del misionero. Mentira. Sí, te imagino. Cruzando las fronteras, mezclando las reglas, las normas que a ti y a mí, nos separan. Ni aquí, ni allí. Ni para ti. Ni para mí.
¿Pero que le importa a la poesía, tu acento y mi compás? ¿Tus encuentros con lo prohibido? ¿Los míos con lo ridículo? Terminar, empezar. Seguros están lo amantes en sus colchones. ¿Seguros? Vaticinan compañía y eternidad.
No estoy sonriendo, pero me extraña que aún creas que es posible confundir la honestidad con la ansiedad. Que no te parezca raro que después de tantos años, las miserias se sigan compartiendo con la misma intensidad. Y que las vanalidades que cubren cada lecho, cada cuerpo, no te den placer.
Tal vez, mis miedos pudieran haber destruido lo poco de real que tenía. Aunque aún existo. Eso dicen. Juntos los cobardes con los que murmuran, caligrafían las degracias de los demás. Y, ¿por qué no? La mía. Sonríes. ¿Qué te han contado?
La debilidad nihilista de desconfiar. La borrachera de mi crueldad. ¡Por dios! ¡Sin dios! Guardar creencias en los bolsillos de la vulgaridad. Condicionar nuestra existencia a un lugar, a un nombre, a un sexo.
Soportar los despertares a las hipocresías de los credos. Te estoy hiriendo. La presencia de mi desdicha desborda los canales de la serenidad con la que, así de bajito, te digo...que si no quieres, no me leas. ¿Por qué habrías de hacerlo? Esto no es poesía. Poesía. Su poesía. Tu poesía.
¡Bocazas! Dicen de la libertad! Grosera, mentirosa. Hereje. Locura demasiado cruel para compartir. Mirada burlona del ahora. Seguro estás del mandamiento heredado de sangre, carne y palabra. Escrituras sacralizadas, todas ellas, las que dicen una cosa, las que cuentan otra.
Hijos e hijas del sol durmiendo bajo losas tatuadas con encajes de inmortalidad. ¿Crees que volveremos a sentirnos? ¿Digo en otra vida? O tan siquiera, ¿en otra poesía? Ya sé, esto no es poesía. Si fuera así, ¡hasta entonces, pues!
-¿De qué color es el granito?
-Había pensado en negro
-Demasiado tétrico
-Elegante, diría yo
-Jaja
-¿Cuál preferirías?
-Rosado
-¿Rosado? ¡Qué horror! Parecerá un gran mesado para despiezar carne
-Muy adecuado
Un hilo de silencio.
-¿No lloras nunca?
-¿Por?
-Por lo que hiciste
-¿A quién? ¿A los niños?
-(Sí)
-¿Lloras tú? ¿Lloras por lo que le hiciste a tu hijo?
-¿Yo?
-¡Sí, tú, grandísima puta!
-Te gusta tener una justificación
-¿Ah, sí?
-Pero la maldad es exclusivamente tuya
-¡Eres una zorra, vieja y digna de desprecio!
-Eres mi hijo, tolerarte es parte del oficio
-¡Lárgate! ¡Fuera!
-Rosada y ridícula será la losa que te lleve a los infiernos
-¡Vete, maldita sea!
-Mi último regalo, cariño
-¿Sí? ¿Y qué tal duerme tu último capricho? Tengo entendido, que algo húmedo- sonriendo
Preparado está el dolor para recibir el descanso, pero antes un poco más de crueldad.

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PROFECÍA

"La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra (...)

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta (...)

Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."


Jorge Luis Borges (Ficciones: La Biblioteca de Babel)